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dimarts, 16 de març de 2010

Víctimas de la estupidez humana

Ella aún mira las estrellas. Sigue pensando que lejos de la realidad hay un mundo mágico en el que poder estar con su amor, ese amor que le arrebató la estúpida guerra. Ella es una de esas mujeres que aún guardan las cartas de su amado en un cajón, bajo llave, para leerlas en esos momentos en los que necesita tenerle cerca. Y lee sus hazañas, sus promesas, sus intenciones, todo lo que él nunca llegó a hacer. Sus ojos se llenan de lágrimas cuando le recuerda. Le gustaría pensar que aún puede recuperar el tiempo perdido, pero ella sabe de sobra que ese tiempo perdido, o más bien robado, nunca volverá. Tan solo puede aferrarse a las estrellas; esas estrellas que presenciaron su primer beso, su amor y, lamentablemente, la muerte de él. Él se fue una noche estrellada, cuando las tropas enemigas decidieron que coger por sorpresa al enemigo era la mejor forma de salir victoriosas de aquella batalla. Lo que más le duele de aquella noche es que su amor murió solo, agujereado por decenas de balas, agonizando hasta el último aliento. Ella sabia que ir a la guerra era sinónimo de muerte, pero tenia la esperanza de que vería regresar a su marido. Volvería a abrazarle, a regalarle de golpe todos los besos que había guardado para él, solo para él. Pero nunca fue así. Una fría mañana de invierno recibió la peor carta de su vida. Su marido había muerto en el frente, ni siquiera le consolaba el hecho de que había muerto como un héroe. En las guerras no hay héroes, sólo víctimas. Desde entonces, noche tras noche, mira las estrellas; no cree en los milagros, pero sabe que algún día se reunirá de nuevo con su amor. Allí, en las alturas, recuperarán el tiempo que les robaron.

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