



Hoy voy a hablar de mi corte de pelo. Sí, así, sin más. Últimamente, no sé porque, casi todo el mundo me pregunta cual es la razón de semejante rapada. ¿Mi respuesta? Pues porque es mucho más cómodo y en verano mucho más fresco. Hay quien me dice que estoy loca. Otros me dicen que es interesante, porque hay pocas mujeres que se atreven a raparse al 3. También hay quien me dice que parezco un chico, pero no me importa. Y por ultimo, hay quien me dice que me favorece mucho, es decir, que me queda bien. Siempre he sido amante del cabello corto, pero nunca me había atrevido a cortármelo tanto. Todo empezó una tarde, estudiando en casa de Blanca para la Selectividad. Estábamos las dos concentradas estudiando los -ismos, cuando de repente se me ocurrió raparme. Cuando se lo dije a Blanca se hecho a reír. ¿Raparme? ¡Loca! ¡Más que loca! Y enseguida pensé que lo primero que haría al llegar a casa sería decirle a mi madre que quería cortarme el pelo, o mejor dicho, raparme. Y así fue. Nada más llegar a casa le dije a mi madre que quería que me pasase la moto. Con lo de pasar la moto me refería a que me cortase el pelo con la maquina de rapar. No os penséis que quería que me recorriese la cabeza con una Kawasaki. Mi madre me miró extrañada. Me preguntó si lo decía en serio y por que quería hacerlo. Me limité a contestarle que simplemente quería probarlo; que quería ver como me quedaba. A la mañana siguiente me levanté pronto y me miré al espejo. Contemplé mi cabello corto, miré el pote de gomina como quien se quiere despedir, y finalmente miré la maquina de rapar, el arma del crimen. Cuando, minutos después, volví a mirarme al espejo me quedé exhausta. Solo me faltaba un número en medio de la cara para parecer una bola de billar. Estuve un buen rato mirando la chica que se reflejaba en el espejo. No parecía yo, parecía la doble de la teniente O’neil. Me duché y al terminar me pase cuatro o cinco veces la toalla por la cabeza, para secarme el pelo. Aún no me había dado cuenta que con una simple pasada ya había más que suficiente. Me pasé la mano por la cabeza. Que sensación tan…tan…tan extraña. Pero me gustaba. Sí. Mi nuevo look me convencía. Y jubilé el pote de gomina con la mirada. Lo mejor fue cuando llegué al instituto. Los ojos de la gente hablaban por si solos. Al principio no sabía que pensar, pero después entré en razón: A ver Edurne, ¿tú no querías raparte? ¡Pues no te escondas! Que te da un toque personal que no se consigue ni con un tinte de Llongueras. Así que nada de esconderse. Y eso hice. Al fin y al cabo era un simple corte de pelo. Un poco bestia, pero un corte de pelo. Y ¿que más puedo decir? Pues que creo que pasará un poco de tiempo antes de que me deje crecer el cabello. En serio, demasiada comodidad para dejarla escapar. Esto es algo que debe hacerse alguna vez en la vida. Al menos para probarlo, para no resignarse y decir: ¿Yo? Pero si rapada parecería la bola de Rapel. En fin, si alguna chica esta leyendo este post ya sabe que hacer.

PD: Al parecer, tampoco había tanto que contar.

Como muy bien me acaba de decir una gran amiga, todo no se puede tener. Es una verdad como una catedral, pero aún así me he puesto como una fiera. Me he puesto a escribir este texto sabiendo que por mis venas ahora mismo no corre sangre, sino veneno. Sí, estoy de mala leche. Y punto. Así que, seguramente, esta post dejará mucho que desear. Pero esto, ahora mismo, no me importa mucho. Lo importante es dejar parte de la energía negativa en forma de letras, palabras y… ¡que sé yo!. Lo peor de todo es que cuando nos enfadamos empezamos a decir todo lo que nos sale por la boca y que, además, no se ha filtrado por el cerebro. Así que, cuando ya nos hemos quedado a gusto, empieza la fase de arrepentimiento. Por partida doble. Primero porque te arrepientes de lo que has dicho o hecho, y segundo porque no puedes evitar pensar que si hubieses hecho las cosas antes todo habría sido diferente. Pero, al fin y al cabo, lo hecho, hecho está. Y ahora estaréis pensando: ¡Que conformista esta muchacha! Pues no. Pero es que sino intento pensar más o menos así, el día puede acabar mal. Y tampoco quiero esto. Sé que escribiendo este post tampoco voy a soltar todo el veneno, pero al menos lo comparto un poco.
En fin, me parece que me voy a tomar una ducha bien fría, me vestiré y me iré a casa de Noj. Por supuesto, totalmente tranquila. Pero…¡que rabia!
Carlos Santana. Para unos, un virtuoso de la guitarra; para otros, uno de los grandes guitarristas de la historia, aunque no el mejor. Yo coincido con los primeros. Para mí, Santana es el rey; sin despreciar a otros como el gran Jimmy Hendrix o Eric Clapton, por ejemplo. Carlos Santana ha marcado mi infancia; incluso mi vida hasta el día de hoy. Su canción Europa me conquistó. Nada más escuchar las primeras notas me di cuenta de que quien ponía los dedos sobre las cuerdas de esa guitarra, quien acariciaba el mástil con toda la fuerza y la elegancia del mundo, era un maestro. Yo crecí tocando la guitarra al aire, montando conciertos en la habitación con los peluches como público, soñando que un día tendría entre mis manos una guitarra eléctrica para poder seguir los pasos del maestro. Y a los 16 años llegó esa guitarra eléctrica. Preciosa. Para mí, la mejor. Y entonces ya no tocaba la guitarra al aire, sino que paseaba mis dedos por al mástil, rasgaba las cuerdas con mi púa, imitando a Santana. Subía el volumen del reproductor cuando sonaba Europa y empezaba a moverme eufórica, sin tocar absolutamente nada, pero sintiendo la magia de la música por mis venas. Y llegaron los primeros intentos de tocar la canción. Y me esforzaba. Y logré llegar hasta un poco menos de la mitad, pero llegué. No sonaba como la Europa que yo escuchaba día si y día también, pero me sentía satisfecha. Siempre que escucho Europa me acuerdo de mi infancia, y entonces me doy cuenta de lo importante que puede llegar a ser la música en tu vida. Hay dos canciones que han marcado mi vida, la primera, como os acabo de explicar, es Europa; la segunda, Ain’t no muntain high enough, de Marvin Gay y Tammi Terrell. Respecto a la segunda ya os explicaré otro día porqué ha marcado mi vida, porqué es uno de esos temas que no pueden faltar en mi reproductor Mp3. Aquí os dejo un pedacito más de mi vida, momentos que me han convertido en la chica que algunos conocen hoy en día.
Nubes que galopan por el cielo, como fieras desatadas que buscan una presa fácil de despedazar. Viento que se enfurece en cuestión de segundos. Agua que empieza acariciando el suelo y termina arrastrando todo lo que encuentra a su paso. Y yo, dentro de casa, mirando los rayos a lo lejos; escuchando como se acercan los truenos que retumban en mis oídos. Y los minutos pasan. Y los rayos cada vez más cerca. Y los truenos ya llaman a la puerta. Empieza a llover. Las gotas parecen pequeños misiles. Ruido. Mucho ruido. Viento. Rayos. Truenos. ¿Miedo? No. De momento no. Y el agua cae con más rabia. Y más. Y más. Y más. Y el viento dobla los árboles. Y se va la luz. Y vuelve. Y se va. Y vuelve. Y se va y ya no vuelve. A oscuras buscamos una linterna. Una cerilla. Un mechero. Una vela. Si, una vela. Y ya tenemos luz. Nos vemos las caras gracias a la luz de las velas. Pero no, no es una escena romántica. Parece más bien una escena de una película de terror. Toda la familia dentro de casa. Unos asustados, otros entusiasmados. Pero todos juntos. Y, en realidad, con eso ya basta. Y el viento sopla más fuerte. No se ve nada. Las cortinas de agua no dejan ver lo que hay a escasos metros. Con cada rayo se hace de dia. Se ven las gotas que bajan sin piedad, con destino fijo. El viento no perdona. Se lo lleva todo. Hasta las ideas, creo yo. Y de repente un trueno que parece que indica el fin del mundo. Los ojos como platos. Y, sin saber como, me veo encima del sofá. Pero sigo creyendo que no tengo miedo. Y no, no lo tengo. Son, simplemente, los impulsos del propio cuerpo. Para que darle más vueltas. Y como si el último trueno hubiese sido la traca final, los rayos ya se observan a lo lejos. Los truenos a penas se oyen. El viento ya casi no sopla. El agua parece que pide perdón por su comportamiento, mientras acaricia todo lo que toca. Y vuelve la luz. Y todos nos miramos. Y todos recuperamos nuestra cara de siempre. Y decimos que ya pasó. Y nos calmamos. Y salimos al jardín y lo vemos todo lleno de agua. Respiramos el olor a tierra mojada. Notamos el aire fresco en nuestra piel y nos parece un regalo. Me voy a la cama. Cierro los ojos. Pienso. Pienso que tendrán las tormentas para que, de vez en cuando, me guste presenciar alguna.

En el jardín de los recuerdos hay plantada una flor. No es la más alta, ni la más bella. Es, simplemente, la más especial. Apareció hace años en mi jardín y desde el primer momento le dediqué casi todo mi tiempo. Ahora, años después de su aparición, la he trasplantado en el jardín de los recuerdos. Aún así, está plantada en la zona de los recuerdos que nunca se olvidan. Esa flor, mi flor, está en medio de todos esos recuerdos a los cuales recurro a veces para sonreír, para abrir, de nuevo, la puerta a momentos o a personas que han formado parte de mi vida o, simplemente, para entenderme un poco más. Me encantaría poder tener, aún, esa flor plantada en mi jardín, pero la vida consiste en ir dejando atrás capítulos de una gran novela; en dejar atrás lo mejor y buscar lo inigualable. No estoy segura de si existe lo inigualable, pero si de una cosa estoy segura es que visitaré muy a menudo el jardín de los recuerdos para contemplar de cerca esa flor. Para ver como cambia, como crece; pero nunca como muere.
Dulce, hermosa, interesante, cariñosa, besucona, amable… Se me ocurren miles de adjetivos para describir a mi abuela y la gran mayoría son buenos. La gran mayoría por no decir todos. A veces, cuando la miro, imagino esa mujer joven y hermosa que no tubo la vida fácil pero lucho hasta el final para salir adelante. Otras veces, veo en ella una anciana que lleva dentro muchos recuerdos y mucho amor para todos los que la queremos. Y aunque estas dos mujeres estén separadas por la absurda edad, las dos son mi abuela; las dos son la mujer a la que tanto debo. La admiro, por muchas cosas. La admiro por su fuerza, por su salud y por su sabiduría. No puedo estar un solo dia sin achucharla, sin besarla, sin abrazarla, sin hacerle mil monerías hasta que ella se cansa y pone esa cara que tanto me gusta. Esa cara de: Mi niña, te estoy muy agradecida. Me encanta que me mimes. Pero déjame tranquilita un rato. Me encanta entrar en su habitación y ver como lee. Me encanta sentarme junto a ella en el jardín. Me encanta cuando siempre tiene algún remedio para casi todo. En definitiva, me encanta toda ella.
Esta tarde he estado un buen rato observándola; mirando como se paseaba por el huerto y ponía en su cesta la verdura lista para coger. Sé que el campo le da vida. A veces me dice que le recuerdo a ella. Ojalá. Quién si que me recuerda e ella es mi madre. Son dos gotas de agua. Físicamente no tanto, pero por dentro son prácticamente la misma mujer. Y yo me siento orgullosa.